VI.1.

1. Actividad física – Principios generales

El movimiento regular hace mucho más que dar fuerza y resistencia: alimenta a los microbios de su intestino, aumenta su diversidad y favorece todo su equilibrio metabólico.

La actividad física: mover el cuerpo, cultivar la microbiota

La actividad física regular influye en mucho más que la fuerza musculoesquelética y el rendimiento cardiovascular [62].

Anécdota

En 1922, Archibald Vivian Hill, fisiólogo británico del University College de Londres, compartió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus trabajos sobre la producción de calor en el músculo durante el ejercicio. Al colocar músculos de rana en un calorímetro y medir el calor liberado durante la contracción y la recuperación, Hill estableció que el trabajo muscular comprende dos fases químicas distintas: un componente anaerobio que no necesita oxígeno y una fase aerobia de recuperación que sí lo necesita. El concepto de deuda de oxígeno entró en la fisiología desde su laboratorio. El modelo de Hill describía el músculo como el motor del organismo y, durante la mayor parte del siglo XX, la fisiología del ejercicio se construyó en torno a ese motor. El intestino se consideraba un pasajero. Hicieron falta casi noventa años para que los investigadores reconocieran que la microbiota intestinal no es un espectador pasivo durante el ejercicio, sino un participante activo: produce metabolitos que influyen en la disponibilidad de energía, modula la respuesta inflamatoria a la carga física y se desplaza en composición de formas que difieren sistemáticamente entre las personas sedentarias y las físicamente activas. El motor y su ecosistema, resulta, funcionan juntos.

La relación entre la actividad física y la microbiota intestinal[G] se estudió de forma sistemática por primera vez en deportistas de élite, donde el contraste con las poblaciones sedentarias era lo bastante grande como para resultar inequívoco. Un estudio de Clarke y colaboradores publicado en Gut en 2014 comparó la microbiota intestinal de 40 jugadores profesionales de rugby de la selección nacional irlandesa con dos grupos control de varones de edad equiparable: uno con un IMC normal y otro con un IMC más alto. Los jugadores de rugby no solo estaban en forma: entrenaban 40 o más horas por semana a alta intensidad y seguían dietas rigurosamente controladas. [62] La microbiota de los jugadores de rugby se diferenciaba de la de ambos grupos control en varias direcciones. Mostraban una mayor diversidad microbiana, una mayor abundancia relativa de Akkermansia muciniphila —una especie asociada a la integridad de la barrera intestinal y a la salud metabólica— y una distribución distinta de las vías metabólicas funcionales. Es importante señalar que los jugadores consumían además significativamente más proteínas y tenían una mayor diversidad dietética, de modo que el estudio no podía aislar el ejercicio como único factor. Los autores lo reconocieron directamente: en los seres humanos, la actividad física, la ingesta dietética y el estado metabólico están profundamente entrelazados. [202] Lo que sí estableció el estudio de Clarke fue que un estilo de vida centrado en la actividad física intensa se acompaña de un perfil de microbiota que difiere cualitativa y cuantitativamente del de las personas sedentarias, incluso de las delgadas. Esto abrió una línea de investigación que intentó separar los efectos específicos del ejercicio de los de la dieta. Estudios posteriores en animales —donde la dieta sí puede controlarse— mostraron que el ejercicio por sí solo desplaza la composición microbiana con independencia del aporte dietético, y favorece en particular los taxones productores de butirato (un ácido graso de cadena corta que es la principal fuente de energía de los colonocitos) (un ácido graso de cadena corta[G] que nutre a las células del colon y reduce la inflamación). [39] La implicación clínica no es que los pacientes deban convertirse en atletas de élite. Es que el umbral de actividad física relevante para la microbiota parece bajo: incluso un movimiento moderado y constante parece asociarse a una mayor diversidad microbiana y a una mayor producción de butirato frente a los estados sedentarios, y ese efecto es independiente de una dieta rica en fibra, aunque esta lo amplifica.

El movimiento va modelando gradualmente el entorno interno en el que opera la microbiota intestinal, y afecta al tránsito intestinal, a la señalización inmunitaria, a la regulación metabólica y al equilibrio neuroendocrino. Desde una perspectiva microbiológica, el ejercicio funciona como una señal ecológica recurrente, más que como un estímulo único y aislado [202].

La actividad física modifica varios parámetros fisiológicos relevantes para la selección microbiana. Los cambios en la motilidad intestinal, el flujo sanguíneo esplácnico, la circulación de los ácidos biliares y el tono inflamatorio de bajo grado alteran las condiciones en las que las comunidades microbianas compiten y se adaptan. Como consecuencia, las personas físicamente activas suelen caracterizarse por una mayor diversidad microbiana y una mayor resiliencia funcional, aunque esta relación está muy influida por la dieta, la composición corporal y el estilo de vida en su conjunto [24].

Entre las distintas modalidades de ejercicio, la actividad aerobia de intensidad baja a moderada —a menudo operativizada en la práctica del entrenamiento como ejercicio en Zona 2— parece especialmente compatible con la estabilidad de la microbiota. Este rango de intensidad favorece la eficiencia mitocondrial, la oxidación de lípidos y la flexibilidad metabólica, a la vez que minimiza las perturbaciones relacionadas con el estrés que pueden afectar negativamente a la función de barrera intestinal. Es importante entender sus beneficios como dependientes del contexto y no como universales [39].

La actividad aerobia regular se ha asociado a un aumento de la abundancia relativa de bacterias como Faecalibacterium prausnitzii[G] y Akkermansia muciniphila, taxones vinculados a la producción de ácidos grasos de cadena corta[G], a la integridad mucosa y a la regulación metabólica. Estas asociaciones se observan de forma más constante en personas con una ingesta adecuada de fibra alimentaria, lo que subraya la interdependencia entre la actividad física y la disponibilidad de sustrato nutricional.

El ejercicio facilita además interacciones metabólicas específicas entre el huésped y los microbios. Durante la actividad muscular sostenida aumenta la producción de lactato, lo que genera sustratos que pueden ser utilizados por determinados taxones microbianos. En personas entrenadas en resistencia se ha demostrado que Veillonella atypica metaboliza el lactato derivado del ejercicio y lo convierte en propionato, un ácido graso de cadena corta que el huésped puede absorber y reutilizar. Aunque este es un ejemplo llamativo de acoplamiento metabólico bidireccional, no debe generalizarse a todas las poblaciones.

Más allá de los cambios de composición, la actividad física influye en la función microbiana. Una mayor producción de ácidos grasos de cadena corta sostiene el metabolismo energético de los colonocitos, contribuye a mejorar la sensibilidad a la insulina y modula la señalización inflamatoria. A través de las vías de comunicación intestino-cerebro, estos efectos pueden influir indirectamente en la regulación del estado de ánimo y en la resiliencia frente al estrés, lo que refuerza los beneficios sistémicos del movimiento regular.

La relación entre el ejercicio y la microbiota intestinal sigue un patrón de dosis-respuesta. El entrenamiento crónico de alta intensidad sin una recuperación suficiente —sobre todo cuando se combina con un sueño, una hidratación o un aporte calórico inadecuados— puede aumentar transitoriamente la permeabilidad intestinal[G] y alterar el equilibrio microbiano. Esto subraya la importancia de la recuperación y del ritmo para mantener la estabilidad del ecosistema intestinal.

Desde una perspectiva centrada en la microbiota, la actividad física se entiende mejor como una señal rítmica e integradora que entrena a la vez el metabolismo del huésped y la ecología microbiana. Un movimiento aerobio constante y tolerable sostiene un ecosistema intestinal diverso y adaptable, y alinea la salud metabólica a largo plazo con un rendimiento físico sostenible, en lugar de con la intensidad puntual.

Estructurar la actividad física para apoyar la salud intestinal

Desde el punto de vista clínico, la actividad física favorable al intestino se construye mejor en torno a la regularidad que a la intensidad. El movimiento aerobio de intensidad baja a moderada realizado la mayoría de los días de la semana aporta una señal fisiológica estable que sostiene el equilibrio microbiano y la flexibilidad metabólica a lo largo del tiempo.

El entrenamiento de fuerza desempeña un papel complementario al preservar la masa muscular y la sensibilidad a la insulina, lo que modela indirectamente el entorno metabólico del intestino. Combinado con la actividad aerobia, contribuye a una interacción huésped-microbio más resiliente sin someter al sistema gastrointestinal a una tensión excesiva.

El equilibrio entre entrenamiento y recuperación es una consideración central. La fatiga persistente, el descenso del rendimiento o las alteraciones del sueño pueden indicar que la carga global supera la capacidad de adaptación del intestino, lo que aumenta la probabilidad de disfunción transitoria de la barrera o de síntomas digestivos.

Incorporar el movimiento a entornos naturales añade una dimensión reguladora más allá del propio ejercicio. La actividad al aire libre suele asociarse a un menor estrés percibido y a un mejor tono inmunitario, factores que apoyan indirectamente la estabilidad microbiana.

La actividad física y la nutrición actúan como un sistema acoplado. Las adaptaciones microbianas relacionadas con el ejercicio se observan de forma más constante cuando se dispone de sustratos fermentables suficientes —en particular fibra alimentaria— para sostener el metabolismo microbiano y la producción de ácidos grasos de cadena corta.

Una hidratación adecuada sigue siendo esencial, especialmente durante las sesiones aerobias más largas, ya que el equilibrio hídrico influye en la motilidad intestinal, la circulación y la homeostasis electrolítica, factores todos ellos que afectan al confort y a la función intestinal.

Los síntomas gastrointestinales durante o después del ejercicio suelen indicar un desajuste entre la intensidad, el momento y la tolerancia individual. Ajustar la modalidad, la carga o las estrategias de recuperación suele ser más eficaz que suspender la actividad por completo.

Las prácticas de movimiento de menor intensidad y perfil fisiológico calmante pueden ayudar a contrarrestar el predominio simpático, y apoyan la regulación del eje intestino-cerebro[G] junto a formas de entrenamiento más exigentes.

Las respuestas subjetivas —como la estabilidad de la energía, la calidad de la recuperación y el estado de ánimo— aportan una información clínica valiosa. La actividad física que apoya la salud intestinal suele aumentar la resiliencia en lugar de sumar estrés acumulado.

En última instancia, el ejercicio debe entenderse como un estímulo biológico rítmico. Sus beneficios relacionados con la microbiota surgen de la constancia, la adaptabilidad y la recuperación, no del esfuerzo máximo ni de la intensidad puntual.

Efectos sobre la microbiota

  • Se asocia a un aumento de la abundancia relativa de taxones productores de butirato (p. ej., Faecalibacterium prausnitzii, Roseburia spp.), lo que apoya la integridad epitelial y la regulación inmunitaria mucosa [39].
  • En contextos específicos (sobre todo en personas entrenadas en resistencia), el ejercicio puede favorecer a especies de Veillonella, capaces de utilizar el lactato derivado del ejercicio y convertirlo en propionato; esta interacción depende de la población y del contexto [62].
  • La actividad física regular se relaciona con una mayor diversidad microbiana global y una mayor resiliencia funcional, en particular cuando se combina con una ingesta adecuada de fibra alimentaria [202].
  • Mejora la motilidad intestinal y el tiempo de tránsito, lo que reduce el estancamiento microbiano y disminuye el riesgo de disbiosis[G] asociada al estreñimiento.
  • Apoya las vías de señalización antiinflamatoria mediante una mayor producción de ácidos grasos de cadena corta (SCFA), principalmente butirato y propionato.
  • Puede contrarrestar parcialmente la disbiosis asociada al estrés crónico, al sedentarismo o a patrones dietéticos subóptimos, aunque el ejercicio por sí solo es insuficiente sin apoyo nutricional.
  • Una carga de entrenamiento excesiva sin una recuperación adecuada puede aumentar transitoriamente la permeabilidad intestinal y alterar el equilibrio microbiano, lo que subraya la importancia de la recuperación.
  • Los SCFA de origen microbiano contribuyen indirectamente a la regulación energética del huésped, a la sensibilidad a la insulina y a la recuperación tras el ejercicio, más que a mejorar directamente el rendimiento muscular.
  • Modula la señalización del eje intestino-cerebro, y puede mejorar la estabilidad del estado de ánimo, la tolerancia al estrés y la resiliencia cognitiva por vías inmunitarias, metabólicas y neuroactivas.
  • Promueve la flexibilidad metabólica y apoya las interacciones entre el sistema inmunitario y la microbiota, lo que refuerza la resiliencia sistémica a largo plazo más que las ganancias de rendimiento a corto plazo.

Orientación para el paciente

  • Procure realizar movimiento aerobio regular de intensidad baja a moderada (como caminar a paso ligero, montar en bicicleta o nadar) la mayoría de los días de la semana, para apoyar el ritmo intestinal y la estabilidad microbiana.
  • Añada ejercicios sencillos de fuerza 2-3 veces por semana para mantener la masa muscular y el equilibrio metabólico, lo que apoya indirectamente la función intestinal.
  • Evite los periodos prolongados de entrenamiento excesivo o de fatiga persistente; planifique días más suaves o de descanso para permitir la recuperación.
  • Siempre que sea posible, muévase al aire libre, ya que los entornos naturales pueden apoyar la regulación inmunitaria y la resiliencia general.
  • Combine la actividad física con una ingesta adecuada de fibra para aportar los sustratos apropiados al metabolismo microbiano.
  • Mantenga una hidratación adecuada, sobre todo en torno al ejercicio, para apoyar el tránsito intestinal y el equilibrio electrolítico.
  • Si nota síntomas digestivos durante o después del ejercicio, reduzca la intensidad, ajuste el momento del día o deje más recuperación entre sesiones.
  • Incluya movimiento de bajo estrés (como estiramientos, trabajo de movilidad, yoga o ejercicios centrados en la respiración) para apoyar la regulación intestino-cerebro.
  • Preste atención a los niveles de energía, a la calidad de la recuperación y al estado de ánimo; el ejercicio debe mejorar la resiliencia global, no sumar estrés acumulado.
  • Recuerde que la constancia en el tiempo favorece la adaptación de la microbiota de forma más eficaz que los picos breves de alta intensidad.
Perla clínica

La actividad física es un predictor independiente de la diversidad de la microbiota más allá de la dieta: un metanálisis de 18 ensayos aleatorizados (Monda et al., 2019) confirmó que el ejercicio regular aumenta la riqueza y la uniformidad microbianas con independencia de los cambios dietéticos. El ejercicio mejora el tránsito intestinal, reduce el pH colónico mediante la producción de SCFA y estimula la IL-6 muscular, que modula la señalización inmunitaria intestinal. Cualquier actividad física estructurada (≥150 min/semana de intensidad moderada) durante la consolidación del FMT mejora significativamente la probabilidad de injerto.

Referencias

[24] Sonnenburg JL, Bäckhed F. Diet–microbiota interactions as moderators of human metabolism. Nature. 2016. Link

[39] Koh A, De Vadder F, Kovatcheva-Datchary P, Bäckhed F. From Dietary Fiber to Host Physiology: Short-Chain Fatty Acids as Key Bacterial Metabolites. Cell. 2016. Link

[62] Clarke SF, Murphy EF, O'Sullivan O et al. Exercise and associated dietary extremes impact on gut microbial diversity. Gut. 2014. Link

[202] Barton W, Penney NC, Cronin O et al. The microbiome of professional athletes differs from that of more sedentary subjects in composition and particularly at the functional metabolic level. Gut. 2018. Link

PG
Guía de la Microbiota · Autores: Dr. Patay Gábor — médico, especialista en microbiota · Dr. Bezzegh Attila — director médico, microbiólogo clínico · Dra. Anna Munar — médica, especialista en exposoma
MicroBiome Bank — contenido profesional revisado médicamente. Última actualización: 2026.